Acceder a la casa propia se convirtió en un objetivo cada vez más lejano para miles de trabajadores argentinos.

Según un relevamiento difundido recientemente, una persona que percibe el salario mínimo necesitaría ahorrar la totalidad de sus ingresos durante aproximadamente 82 años y cinco meses para comprar una vivienda.

El cálculo toma como referencia una propiedad de 100 metros cuadrados en la Ciudad de Buenos Aires, donde el valor promedio utilizado fue de 2.358 dólares por metro cuadrado.

De esta manera, el precio estimado del inmueble llegaría a 235.800 dólares. Al comparar esa cifra con un salario mínimo equivalente a unos 238 dólares mensuales, Buenos Aires aparece como la ciudad más inaccesible entre las principales capitales analizadas.

Cómo quedó el ranking regional.

La cantidad estimada de años de salario completo necesarios para comprar una vivienda fue la siguiente:

  • Buenos Aires: 82 años.

  • Río de Janeiro: 65 años.

  • Lima: 64 años.

  • Ciudad de México: 56 años.

  • Montevideo: 46 años.

  • Quito: 22 años.

La comparación es teórica, ya que supone que una persona podría destinar el 100% de su sueldo a la compra de una propiedad, sin gastar en alimentos, servicios, transporte, alquiler, salud u otros gastos cotidianos.

En la práctica, el tiempo necesario sería mucho mayor.

Una dificultad que alcanza a todo el país.

Aunque el estudio utiliza valores inmobiliarios de la Ciudad de Buenos Aires y no refleja directamente los precios de Corrientes, el dato permite dimensionar la enorme distancia entre los ingresos de los trabajadores y el costo de una vivienda.

La falta de créditos hipotecarios accesibles, los salarios bajos medidos en dólares y la necesidad de contar con ahorros previos para cubrir anticipos o gastos iniciales hacen que el sueño de la casa propia se aleje todavía más.

En localidades como San Isidro, donde también existe una importante demanda habitacional, esta realidad vuelve a mostrar la necesidad de impulsar políticas públicas, programas de construcción y alternativas de financiamiento que permitan acercar soluciones concretas a las familias.

Tener una vivienda no debería ser un privilegio reservado para unos pocos. Es seguridad, arraigo, dignidad y futuro. Cuando una familia necesita décadas de salario completo para imaginar una casa propia, el problema deja de ser individual y se convierte en un desafío social que exige respuestas de fondo.